Poniéndose a ver la serie española Física o Química, uno se pone a pensar en muchas cosas. Y no me refiero a por qué se ruedan tantas escenas en los vestuarios… La edad de sus principales protagonistas comprende la adolescencia, tan loca y desvergonzada, pero también en la que aún las preguntas del por qué de la vida se siguen formulando. Especialmente, aquellas dudas acerca del sexo, aunque hay quienes prefieren más bien vivir la consulta en carne propia que revisar un manual (esto lo pueden hacer tras la experiencia, pero más bien en busca de ilustraciones morbosas).
A su vez, dentro del gradioso tema del sexo, hay una cuestión primordial. LA VIRGINIDAD, así, en mayúsculas, en negrita y de todo. Para empezar, ¿con qué única palabra podremos definirla? ¿Actitud, valor, circunstancia…? No puede ser una actitud, porque no es lógico ir por ahí y que me suelten “¡qué virgen estás hoy!”; no puede ser un valor, como apuestan unos. La virginidad no puede ponerse a la altura de la honradez, de la simpatía, del esfuerzo… No se puede estimar a una persona por ser virgen, porque se puede ser puta igualmente. Incluso algunos encuentran en la ‘dignidad’ una acepción para ello, ¡que mira si eso es de antigualla!; y llegamos a una circunstancia, que sí es lo que yo considero. Se trata de un momento en la vida del ser humano, es un ‘antes’ al que le sigue un ‘después’. Ahora bien, dónde definimos ese punto.
Las opiniones son bien múltiples. Y aquí es adónde quería yo llegar. Me molesta escuchar conversaciones como Jo, tía. Aún soy virgen; ¿aún no te lo has montado con Fulanito?; No, sólo se la he chupado. ¿Y te parece poco? Ya la DRAE define ‘virginidad’ como “persona que no ha tenido relaciones sexuales”. Está claro que pajearse a sí mismo no es perder la virginidad al no haber relación (una mano o un pepino aún, que yo sepa, no se han convertido en seres independientes). Entiendo, a partir de este concepto, que la simple masturbación de una persona a otra, o una felación significa que con estas acciones se ha perdido. No obstante, la idea clásica e imperante es aquella que se refiere a una circunstancia que termina con la penetración (vaginal, pero también anal, según el tipo de relación). A mí no me lo parece. Una relación sexual empieza con un lametón en partes del cuerpo más íntimas, o el magreo en ellas. La cuestión es producir y sentir placer, que con estos actos se consigue con creces. Además, hay héroes, pero sobre todo heroínas, que con nada llegan a un orgasmo (o dos, o los que se tercien). Porque una penetración no tiene por qué ser más placentera que una caricia. Todo depende del gusto del consumidor.


Idea más clásica es aquella que sólo señala al género femenino, encima cuando se le rompe el himen (capa vaginal), que bien puede ocurrir montando a caballo o haciendo gimnasia. Sólo quería hacer constar esa idea porque discutirla es ya una memez. Pero vamos, en definitiva, que la preocupación de adolescentes (más comprensible en la madurez) termina con eso que más practican de sol a sol, en los baños de clase, debajo de un puente, tras un coche… Pueden dormir tranquilos, y mamándosela también.
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